Por Mauricio Vargas (*)

Primera Página - Agencia de Noticias - 

Bogotá. – Nicolás Maduro, el sátrapa de Caracas, ha resuelto atrincherarse en el poder, a pesar de la paliza electoral que le dieron el candidato opositor Edmundo González y la aguerrida María Corina Machado. Dispuesto a lo que sea para seguir, acaba de poner al frente del aparato represivo a Diosdado Cabello, nuevo minInterior, investigado por Washington como líder del narcotraficante cartel de los soles.

El triunfo de Maduro –que contradice las actas electorales publicadas en detalle por la oposición– solo ha sido reconocido por autocracias como Rusia, China, Cuba, Siria y Nicaragua. Ni siquiera los presidentes de la ola rosa latinoamericana se han atrevido a hacerlo, aunque entre ellos ha habido notables diferencias.

El más digno ha sido el chileno Gabriel Boric. A pocas horas de consumado el fraude del 28 de julio, calificó esos resultados como “difíciles de creer”. Días más tarde, cuando el Tribunal Supremo –de bolsillo de Maduro– avaló el boletín oficial, fue más lejos: “Chile no reconoce este falso triunfo autoproclamado de Maduro y compañía”. Habló de fraude y agregó que la sentencia del Tribunal “estará signada por la infamia”.

El contraste con Gustavo Petro y el brasilero Lula da Silva es evidente. Junto al mexicano Andrés López Obrador, se limitaron a pedir que Caracas publicara todas las actas electorales, algo inviable para el chavismo porque dejaría en evidencia el descomunal robo. Tras sentir que Maduro olía a maluco, López Obrador se hizo a un lado: al fin y al cabo, en un mes deja la Presidencia.

En cambio, Petro y Lula, incapaces de exigirle más a Caracas, están quedando como idiotas útiles, cómplices de un ridículo dictador. Pero a Lula al menos se le nota la piedra por la mala hora que Maduro le hace pasar. Sabe que no censurar el fraude lesiona su imagen internacional, que ha cultivado por décadas. En tono de visible molestia, dijo hace dos semanas que Venezuela “vive un régimen desagradable (...) con sesgo autoritario”.

Con la excusa de actuar como mediadores, Petro y Lula han evitado hablar de fraude. En medio de su equilibrismo, dieron un paso en falso al proponer nuevas elecciones. Su postura neutral los ha expuesto a recibir palo de todos lados. Human Rights Watch criticó la propuesta, lo mismo que la que hicieron por una amnistía general en un país donde el Gobierno es investigado por la Corte Penal Internacional por “crímenes de lesa humanidad”.

El nicaragüense Daniel Ortega, que luce con orgullo los galones de déspota, les dijo “arrastrados” y agregó que Lula y Petro compiten por cuál de los dos representa mejor “a los yanquis en América Latina”. Editoriales de la prensa internacional han reclamado de ellos una posición más firme. ‘El Mundo’ de Madrid dijo este jueves que “se echa en falta más contundencia” de los dos mandatarios, que “han suavizado su tono con la intención de asumir un papel de mediadores”, algo que Maduro “ha aprovechado para redoblar” la represión.

A Boric, su reacción le ha servido a nivel interno: en julio, según la firma Cadem, lo desaprobaba el 64% de la gente; dos semanas después y tras atacar a Maduro y calificar lo del 28 de julio como fraude, esa cifra bajó a 56%, mientras la aprobación subía de 31 a 37%. Petro, en cambio, vive, en los sondeos, los peores días de su mandato: 66% de desaprobación contra 29% de aprobación, según el Invamer Poll de esta semana. En Opinómetro, solo 26% lo aprueba.

Lula y Petro saben que, si Maduro se queda, millones de votantes de la región evitarán elegir gobiernos de izquierda del susto de quedar atrapados en la misma situación que Venezuela. Para 2026, esto reducirá muchísimo las opciones de Petro de elegir un sucesor de su feudo. Maduro huele a podrido y lo peor puede estar por venir: si Cabello desata una represión aún más tenebrosa, la prudencia de Petro y Lula les dejará las manos manchadas de sangre.

(*) Ex ministro de comunicaciones de Colombia.