Por Héctor Hernández M.

Primera Página – Agencia de Noticias –

Bogotá.- Una reducción en las tasas de intervención del Banco de la República en la reunión de su Junta Directiva de hoy está más que descontada.

La incertidumbre está en el tamaño de la reducción.

Similar al escenario ingeniado por la Reserva Federal de los Estados Unidos (Fed) de esperar a tener certeza plena de que la inflación va hacia la meta de 2%, los miembros de la Junta Directiva del Banco de la República van a subrayar la importancia de que la inflación en Colombia apunte a la meta de 3% antes de optar por una reducción importante de tasas.

Una regla no expresa de los bancos centrales es que el costo de demorar la reducción de tasas más de lo necesario es menor que el costo de reducirlas antes de lo aconsejable.

La regla explícita de los gobiernos parece ser la contraria. Una alternativa que tienen los codirectores criollos en su reunión de hoy es la que aplicó la Reserva Federal el miércoles pasado: no reducir tasas en la reunión del Comité de Política Monetaria, pero hacerlo en la rueda de prensa (anunciar al menos tres descensos durante el año).

Este truco no parece estar al alcance de la Junte colombiana en estos momentos, pues el gobierno y un número de analistas, representantes gremiales y sectores de la sociedad sugieren o exigen un descenso de tasas muy superior a los tradicionales 25 puntos básicos.

Para esto argumentan la urgente necesidad de revivir el crédito, la demanda agregada y la actividad económica. Es probable que quienes defienden esta posición no han leído un trabajo reciente de Larry Summer y colegas en el que sostienen que los costos financieros (los intereses) que pagan los ciudadanos por sus créditos, hipotecas, vehículos, etc. (en especial adquiridos a tasa variable) deben hacer parte de la canasta de consumo y sus variaciones deben reflejarse en la medición de inflación, pues implican cambios en el poder adquisitivo de los hogares, como ocurre con la inflación. Si conocieran este trabajo, tendrían una posición más radical. Pero este no es el camino.

Llama la atención que en los análisis y discusiones sobre la tasa de política monetaria no se profundiza en el lugar que el crédito ocupa en los antecedentes que llevaron a la economía colombiana a la situación actual.

En especial, se pasa por alto que el gran crecimiento registrado en 2021 y 2022 fue impulsado por una burbuja crediticia que produjo incrementos importantes en la carga financiera de hogares, empresas y gobierno, y en sus niveles de apalancamiento (deuda/PIB).

Los hogares y empresas demandaron más y más crédito, las tasas de interés de mercado subieron, los bancos tuvieron que recurrir a fuentes de fondeo más costosas para cubrir las provisiones adicionales, los mayores requerimientos de liquidez y de solvencia.

Sectores con pasivos costosos vieron erosionar su capacidad de gasto y deteriorar la calidad de los activos. En este “trancón” en el mercado crediticio, la reducción de las tasas de interés de política no se traduce, mecánica e inmediatamente, en menores tasas de interés de colocación. Los bancos tienen pasivos costosos que deben absorber. Las empresas tienen créditos que no pueden refinanciar directamente. Los hogares dejan de ser sujetos de crédito. Superar esta situación requiere, ciertamente, menores tasas de interés pero toma más tiempo del que se cree. Hay que reparar y limpiar los balances (activos y pasivos) de los distintos sectores antes de que la política monetaria menos restrictiva tenga un efecto positivo en la economía.

Hay consenso de que las crisis financieras son más costosas y sus efectos más duraderos que los ciclos normales de las economías. Si bien es cierto que en los años posteriores a la pandemia Colombia no ha tenido una crisis financiera, tal vez ha estado cerca y la oportuna supervisión financiera la ha evitado. Pero el fantasma no ha desaparecido, sigue vivo, y puede justificar una reducción de las tasas de interés de política de 50 puntos base. Ó más. No sería raro de 75 ó 100 básicos. Aquí, al tratarse de dar aire al atascamiento del mercado crediticio y restablecer las condiciones para una economía más dinámica y estable, la regla de los bancos centrales cambia: una reducción “tardía” de tasas de interés puede ser más costosa que una reducción preventiva.

En Estados Unidos no se dice mucho de la crisis de los bancos regionales, que además se metieron a apalancar proyectos de fondos de capital privado. Pero hay una diferencia enorme frente a Colombia: que allá la Fed salió a darles la mano garantizando un seguro del 100% sobre sus depósitos y a comprar sus bonos al 100%, cuando su valor ha caído al 40%. Acá en Colombia el Fogafín cuenta al 31 de diciembre de 2023 con una reserva de $29,4 billones. En 2022 había cerrado con $31,6 billones. En momentos de una crisis no se sabe hasta cuánto le alcanzaría. Eso es un escenario impensable. No obstante, diez de 29 bancos comenzaron perdiendo en el primer mes del año, aunque su solvencia está ok. En diciembre pasado perdieron el año ocho. Hay que tener en cuenta que la cosa está tan apretada, que en el último mes, la tasa de corte en las subastas de repos de expansión ha cortado por encima de la Tasa de Intervención del Banco de la República, que es del 12,75%. Es decir, el 11 y el 14 de marzo, la tasa fue del 13,10%.

En estas circunstancias, la Junta no puede darse el lujo de quedar en el peor de los mundos: con una inflación alta, una economía estancada y, de ñapa, con crisis financiera.