Primera Página – Agencia de Noticias – El Copey, Cesar. - El sector palmero colombiano ocupa hoy un lugar relevante en la economía nacional. Con una producción que superó 1,7 millones de toneladas en 2024 y un aporte equivalente al 10,5 % del PIB agrícola, esta agroindustria se ha consolidado como el segundo cultivo en extensión en el país, con más de 600 mil hectáreas sembradas. Genera más de 233.000 empleos directos e indirectos dependen de la palma, y el 74% de los productores son pequeños agricultores con menos de 20 hectáreas. Este es el panorama en el que surgen experiencias como la de Gremca, que buscan demostrar que crecimiento económico y sostenibilidad ambiental no son metas excluyentes. Gremca con sus 8.000 hectáreas en operación que se dividen entre plantaciones propias y las de socios proveedores, lo que permite generar alrededor de 400 empleos directos y más de 250 indirectos. Pero el dato que más sobresale es la participación de los trabajadores organizados en el sindicato, quienes poseen el 20 % de la compañía y comparten, en consecuencia, la responsabilidad de alcanzar metas productivas y ambientales. En materia de energía, la empresa ha consolidado un esquema que aprovecha los residuos del proceso para generar electricidad limpia. Desde hace más de tres décadas produce un megavatio a partir de biomasa, y recientemente amplió esa capacidad con una planta de biogás que genera 1,2 megavatios adicionales. Con esta tecnología se evita la emisión de unas 30.000 toneladas de dióxido de carbono (CO ₂) cada a ñ o, una cifra significativa si se tiene en cuenta que el metano generado en el tratamiento de aguas residuales es uno de los principales factores de la huella de carbono en la palma. A estas fuentes se suma un parque solar que entrega 2,8 megavatios al sistema, lo que equivale a evitar 3,2 toneladas de CO ₂ anuales adicionales. El iniciativa de Gremca está acompañada por la búsqueda de certificaciones internacionales que garanticen que su aceite es sostenible y libre de deforestación. Entre las más relevantes están la certificación Iscc con complemento Eudr, que asegura el cumplimiento de requisitos europeos frente a la trazabilidad y conservación de bosques, y la certificación Iscc Corsia, que habilita a la empresa para producir combustibles sostenibles de aviación. Este último reconocimiento es clave en un mercado que presiona a la aviación mundial a reducir su huella ambiental mediante el uso de biocombustibles avanzados. Según estimaciones sectoriales, la huella de carbono promedio para el aceite de palma crudo en Colombia es de 182 kilogramos de CO ₂ equivalente por tonelada producida. Los fertilizantes qu í micos, el cambio de uso del suelo y los residuos l í quidos de las plantas extractoras (conocidos como Pome) concentran la mayor parte de esas emisiones. La meta es clara: reducirlas hasta alcanzar condiciones de carbono neutro, un escenario posible si todas las lagunas de tratamiento fueran transformadas en biodigestores que capturen el metano y lo conviertan en energía. A nivel global, la palma de aceite sigue siendo la oleaginosa más eficiente: ocupa solo el 8 % del suelo agrícola destinado a oleaginosas, pero aporta el 34 % de la producción mundial. En Colombia, donde el 99 % de los cultivos se considera libre de deforestación, el potencial de crecimiento sostenible se estima en más de cinco millones de hectáreas con aptitud alta y diez millones con aptitud media. Sin embargo, el desafío no es solo ampliar el área sembrada, sino garantizar que cada hectárea sea productiva, competitiva y respetuosa con el ambiente. La ruta que plantea el sector pasa por consolidar diez principios de sostenibilidad: desde el uso eficiente de recursos y la generación de empleo decente, hasta la inclusión de pequeños productores y el respeto a los derechos humanos. En ese mapa, empresas como Gremca muestran que es posible avanzar de manera concreta. Sus inversiones en energía limpia, su apuesta por la certificación y su modelo asociativo con los trabajadores envían un mensaje poderoso: la transición hacia una palmicultura baja en carbono no es un ideal distante, sino una construcción diaria.