Por Sergio Clavijo (*)
Primera Página - Agencia de Noticias -
Bogotá. - El populismo se caracteriza por actuaciones llamativas para congraciarse “con el pueblo”, al cual dice querer beneficiar. Estas actuaciones las hay de corte cantinflesco, como Amlo en México, quien con sus mañanitas radiales logró favoritismos de +50 %. El empresariado mexicano hasta le agradecía tales distracciones, con tal que dejara operar a su gabinete técnico (... lástima que Amlo poco viajara al exterior).
Pero la versión populista que nos ha tocado a los colombianos tiene características más bien de agrio petrismo; un sabor camorrista, sinónimo de riñas permanentes con el sector privado. Y ha tenido el agravante de no distraerse Petro de su objetivo de entorpecer lo que estuviera operando relativamente bien; Gustavo lo hace con saña: sea para torpedear la expedición de pasaportes, la aprobación de créditos de vivienda de interés social, el otorgamiento de citas médicas para ciudadanos en sufrimiento físico-mental, la exportación de carbón a Israel, la participación de Ecopetrol en prometedores proyectos asociativos, o la aplicación de su pobre entendimiento del mercado con “créditos forzosos”.
De esta manera, la energía innovadora de nuestros empresarios ha completado dos años desgastándose para intentar atajar la “agenda camorrista” del Gobierno. Esos empresarios han debido estar aprovechando la coyuntura de resiliencia global para acaballar proyectos innovadores. Nótese que, en 2023 y también en 2024, Estados Unidos ha estado creciendo a estimulantes ritmos del 2,5% anual (en línea con su potencial). Luego es un infortunio que muchos de ellos hayan tenido que concluir que, frente a tal cúmulo de riñas, lo mejor será poner en el refrigerador, hasta el 2026, una serie de interesantes proyectos energéticos, de infraestructura y de exportaciones de servicios.
Y, mientras tanto, es flaco consuelo observar que, en el primer semestre del 2024, el PIB real creciera 1,5% anual (igual al observado un año atrás). Ese lánguido crecimiento se ha venido acompañando de alzas en el desempleo, el cual estará promediando 10,5% este año. Y la inflación ha venido descendiendo, pero lentamente, al pasar del 9% hacia el 7%, lo cual ha llevado al Banco de la República a mantener en su ventanilla una alta tasa de interés al 10,75% (implicando un oneroso 3% real medido contra la inflación subyacente).
Al registrar el Gobierno la elevada desazón empresarial, tras dos años de su lacónico mandato, finalmente optó Petro por levantar una bandera blanca en el tema crediticio. Se transó entonces por un acuerdo bancario que buscará otorgar crédito a mayor velocidad, en momentos en que este se contrae a tasas del 5% real anual y donde la relación crédito privado/PIB ha venido descendiendo del 52% en 2019 a solo el 43% en este 2024.
Pero tanto Gobierno como empresarios saben que el crédito es un simple acompañante de los negocios sostenibles financieramente, luego si no se da un correctivo de fondo en la animadversión contra el sector privado, nada de ello se podrá concretar. Así, el pacto crediticio debe tener entonces dos partes: el componente de “enmienda” y facilitación gubernamental (en todos los sectores) y el de voluntad crediticia bancaria del sector privado.
Ojalá que se dé la primera condición para poder desembolsar los créditos de manera responsable (... no bajo la amenaza de inversiones forzosas). Al Gobierno todo ello le vendría bien para mejorar el crecimiento del PIB real y la elasticidad tributaria (evitando nuevas reformas tributarias); y al sector bancario le permitiría superar un difícil año, 2023, en el cual más de un 50% tuvo pérdidas, su rentabilidad se desplomó a un tercio del histórico y su cartera vencida bordeaba el 11% al incluir provisiones.
Luego bien por el resultado del prolongado diálogo liderado por Asobancaria, pero llevarlo a feliz término implicará un profundo cambio respecto del espíritu camorrista que hemos venido padeciendo hasta la fecha.
(*) Expresidente de Anif y ex codirector del Banco de la República.




