Por Carlos Gustavo Cano (*)
Primera Página – Agencia de Noticias –
Bogotá.- No comparto la decisión de la junta del Banco de la República, la institución más respetada y respetable de la Nación, de una reducción adicional de la tasa de interés de referencia de la política monetaria.
Las razones. Primero, si bien es cierto que la inflación observó a diciembre del 2023 un descenso, hasta alcanzar el 9.3 por ciento, su nivel sigue superando en más de tres veces la meta de la autoridad monetaria, que es 3 por ciento anual. Segundo, al sustraer de la total el componente de alimentos, que generalmente obedece a choques de oferta relacionados con el clima, el guarismo resulta aún mayor.
Tercero, todos los indicadores de la llamada inflación básica, que excluyen alimentos más los servicios públicos regulados, fundamentalmente dependientes de los costos de la energía, se mantienen disparados y muy distantes de la meta. Cuarto, con estas métricas queda claro que las presiones del lado de la demanda continúan impulsando la inflación, sobre las cuales la política monetaria cuenta con las herramientas adecuadas para mitigar sus efectos, comenzando por la tasa de interés.
En cuanto a las expectativas de inflación, que en rigor constituyen el faro orientador del Emisor en sus decisiones de política, se hallan igualmente desancladas de la meta.
La conclusión inequívoca es que urge conservar la postura ‘contractiva’ de dicha política hasta tanto comiencen las expectativas a enrumbarse hacia el objetivo que se ha propuesto el Banco.
Del lado del aparato productivo, cuya medida más socorrida es la evolución del Producto Interno Bruto (PIB), tras un nivel sobresaliente en 2019, el golpe global de la pandemia lo arrastró en 2020 a una caída del 6.8 por ciento, la mayor de la historia desde que existen las cuentas nacionales. Luego vino una recuperación notable, el 11 por ciento y el 7.5 por ciento en 2021 y 2022 respectivamente.
Eran tiempos muy diferentes a los que ahora vivimos. Por el lado fiscal, el déficit arrojado al final de 2023 estará cercano al 4.2 por ciento del PIB. No bastaron las reformas tributarias de 2018, 2021 y 2022. Como tampoco la nueva que ya se anuncia. Y en el ámbito comercial, con un déficit del 3.4 por ciento.
El fondo de todos estos temas yace en la confianza, que se halla desplomada entre consumidores, comerciantes, industriales e inversionistas. Cuya materialización se plasma en el colapso de la formación bruta de capital. Es decir, el patrimonio común. Se trata de la crisis más profunda de confianza de la historia reciente.
Crisis que se exacerba al ritmo de los pronunciamientos erráticos del jefe del Estado, como por ejemplo la prohibición de la exploración y extracción de los hidrocarburos, columna vertebral de la riqueza nacional. En vez de intensificar al máximo posible su aprovechamiento, incluyendo los yacimientos no convencionales.
Es el signo desafortunado del momento: las ideologías prevaleciendo sobre las tecnologías.
(*) Ex codirector de Ecopetrol y del Banco de la República, y ex ministro de Agricultura.





