Por Guillermo Valencia (*) Primera Página - Agencia de Noticias – Bogotá.- En 1965 Lyndon Johnson tenía dos guerras que pagar. Una en Vietnam. Otra contra la pobreza en su propio país. Sus asesores le pidieron que escogiera una. No escogió. Se quedó con las dos y dejó que el mercado de bonos pagara la cuenta. La cuenta se demoró diecisiete años en llegar. Cuando llegó, la tasa larga de Estados Unidos estaba en 15%. Guarde ese dato. Lo vamos a necesitar. El maestro contra el alumno Stanley Druckenmiller formó a Scott Bessent. Los dos salieron de la mesa de George Soros. Durante años hablaron todos los días. Esta semana el maestro escribió contra el alumno en el Wall Street Journal. El motivo: el 19 de agosto el Tesoro americano dobló sus recompras de bonos largos, de 2.000 a por lo menos 4.000 millones de dólares por operación. Lo hizo días después de que el bono a 30 años tocara su rendimiento más alto en 19 años. El Tesoro dijo que era manejo de liquidez. Druckenmiller dijo que era manejo de precio. Su argumento es simple. Las subastas funcionaban. La volatilidad estaba controlada. Nadie vendía a la fuerza. Lo único que pasó fue que la plata a largo plazo se encareció. Y con inflación por encima de la meta, pleno empleo, un déficit del 6% del PIB y una deuda de más de 40 billones de dólares, ese precio no era un error. Era información. Su mejor frase: si el bono a 30 años tiene que rendir 5,5% para que alguien lo compre, eso no es una crisis. Es una factura. Y tiene razón. La tasa larga es una de las últimas restricciones que le quedan a Washington. Si el Tesoro la suprime, ningún político tiene motivo para recortar un déficit. Y cuando el mercado cree que el gobierno defiende un nivel, lo pone a prueba. Cada defensa tiene que ser más grande que la anterior. Los gobiernos que defienden precios contra los fundamentos siempre pierden. Y su remate: el bono a diez años ya está cerca del crecimiento nominal, así que las condiciones no están apretadas. El mercado no estaba siendo un vigilante. Estaba siendo un blando que apenas se aclaró la garganta, y el Tesoro se movió para callar hasta eso. Druckenmiller hizo su fortuna del otro lado de esa apuesta. Una Guerra Fría es una partida de ajedrez Piense en una Guerra Fría como una partida de ajedrez. Tiene tres fases: apertura, medio juego y final. Ya jugamos una partida completa entre 1947 y 1991. Estamos jugando la segunda ahora. Y las jugadas se repiten. La apertura. Cada bando desarrolla sus piezas. Se construye. Se invierte. El dinero es barato porque todavía nadie ha entrado en combate directo. Los choques son por delegación: guerras pequeñas, lejos, con otros muertos. Entonces, 1947–1965. Truman declara la contención. El plan Marshall inunda a Europa de dólares para reconstruirla. Corea, Berlín, Cuba: guerras proxy, ninguna directa. La tasa larga sube apenas de 2% a 4%. Las acciones se multiplican por cuatro. Ahora, 2018–2026. Trump 1.0 declara la guerra comercial contra China. Esa es la contención. El estímulo post-COVID es el plan Marshall: billones de dólares para reconstruir, tasas en cero, acciones y cripto al cielo. Ucrania, Irán, Taiwán en la mira: guerras proxy, ninguna directa. El bono a 30 años sube de 1% a 5%. Las acciones casi se triplican. Misma jugada. Mismo resultado: la apertura fue buena para las acciones. El medio juego. Las piezas chocan. Aquí se decide quién controla el centro del tablero. Y el centro del tablero es siempre el recurso que alimenta el modelo de producción del momento. Entonces, 1965–1982. El recurso era el petróleo. Vietnam, la Gran Sociedad, el embargo árabe del 73, la revolución iraní del 79. Dos imperios peleando por el mismo barril. La tasa larga fue de 4% a 15%. Las acciones subieron en dólares. En poder de compra, no se movieron en diecisiete años. Ahora, 2026 en adelante. El recurso son dos: los semiconductores y la electricidad. El chip es el nuevo barril. La electricidad es lo que lo hace funcionar. Un centro de datos consume lo que una ciudad. Un robot humanoide consume lo que un carro. La inteligencia artificial no corre con petróleo: corre con chips de Taiwán y con electrones. Quien controle la cadena de semiconductores y tenga gas, nuclear, hidro y red eléctrica controla el centro del tablero. Por eso Taiwán es el Berlín de esta partida. Por eso Irán importa: no por el petróleo en sí, sino porque el gas y el estrecho de Ormuz son el precio de la electricidad del mundo. Por eso China construye una planta de carbón por semana y Estados Unidos reabre reactores y le prohíbe a Nvidia venderle chips a China. El medio juego lo van a definir los semiconductores y la electricidad. El final. Aquí es donde casi todo el mundo se equivoca. El final no lo gana el que tiene más misiles. Tampoco el que tiene más chips ni más energía. Lo gana la economía lo suficientemente flexible para dejar nacer un nuevo modelo de producción. Entonces, 1982–1991. Lo que pasó no fue solo que Volcker mató la inflación. Fue la revolución de lo
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Bessent no quiere bajar las tasas: quiere ganar la Guerra Fría contra China
"Bessent no está tratando de bajar las hipotecas. No está tratando de ganar unas elecciones. Está tratando de que Estados Unidos llegue al final de esta partida siendo la economía flexible que deja nacer el siguiente modelo de producción. Como en 1982. Y para llegar ahí, primero hay que sobrevivir el medio juego. Mire
Por Redacción

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